No es correcto ni justo que sigamos descargando sobre la ciudadanía los costos de la ineficiencia de empresas estatales que no son capaces de cumplir con eficiencia y calidad con su objeto social

Lo mejor, en casi todas las circunstancias de la vida, es no tener que gritar. Hablar bajito, sobre todo cuando se discute o reclama, suele ser el método más efectivo. 

Pero lo cierto es que hay realidades que nos hablan a gritos, no en la voz de nadie, sino desde la imagen, desde la evidencia, desde los hechos. 

En eso pensaba cuando a inicios de esta semana me enfrenté al segmento Cuba dice en el Noticiero Nacional de la televisión cubana, que abordó como tema el programa constructivo de viviendas para personas que estaban albergadas desde hace muchos años o familias que habitan en barrios insalubres y están siendo reubicadas en otras zonas. 

Mientras daban sus criterios los entrevistados, la mayoría agradecidos, otros señalando las deficiencias de los apartamentos entregados, la cámara —esa indiscreta— no podía dejar de mostrar la mala calidad y chapucería en los interiores de tales edificios, que sus beneficiarios reciben, en muchos casos después de décadas de espera, con la condición de tenerlos que terminar. 

No voy siquiera a cuestionar aquí si la decisión es correcta o no, y si con esa estrategia se logra en verdad agilizar la solución de problemas para muchas familias, a partir de poder contar con más recursos para levantar casas, a costa de no asumir todo el proceso de acabado, comenta para Haciendo Radio, el periodista Francisco Rodríguez Cruz. 

Pero es un reclamo a gritos de nuestra sociedad que no se hagan más las cosas a medias, que no es correcto ni justo que sigamos descargando sobre la ciudadanía los costos de la ineficiencia de empresas estatales que no son capaces de cumplir con eficiencia y calidad con su objeto social, y luego trasladan esos costos y responsabilidad a las personas, ya sea para pagar mediante créditos o por la vía de la tramitación de los subsidios, que también tienen un costo social en esfuerzos y tiempos. 

Resulta esencial para el éxito de las transformaciones que acomete el país en función de perfeccionar el socialismo, que no nos olvidemos nunca de que, con independencia de las restricciones de recursos y los pies forzados impuestos por la economía, el fin último de nuestro proyecto social es el beneficio de la gente, facilitarles la vida y no hacerla más difícil, enaltecer a las personas con soluciones completas, dignas, en correspondencia con el aporte y fidelidad sistemática que ha demostrado este pueblo. 

Hay que estudiar todo lo que requiere la población, y tratar de prever sus requerimientos con más exactitud y con el respeto elemental que debe primar hacia los seres humanos y sus necesidades. Los planes no pueden ser solamente una mezcla tecnocrática de posibilidades contra fríos presupuestos, porque así nos pasará a menudo como nos sucede ahora, por ejemplo, con las frecuentes sorpresas de escaseces no previstas, ya sean productos de aseos o lámparas fluorescentes, o esto o aquello otro. 

Hacen falta soluciones económicas, no economicistas. Y habrá que decirlo una y otra vez, bajito, sin ni siquiera tener que alzar la voz, fundamentarlo, discutirlo en colectivo, mediante el diálogo, con argumentos razonables que lo demuestren, pero sin que deje de ser, persistentemente, un reclamo a gritos.


(Noticiero Nacional de Radio)

http://www.radiorebelde.cu/noticia/reclamo-gritos-20140207/

 

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