Al preocupamos por la crisis de valores morales en los jóvenes, generalmente estamos impactados por el cambio de conductas, las cuales chocan de algún modo con nuestras referencias establecidas.

La juventud se define frecuentemente por un rol social caracterizado por su manera de interactuar en el grupo o comunidad, por la imagen proyectada mediante el tipo de ropa, maquillaje y lenguaje, entre otros aspectos.

Existe cierta frustración para quien se percibe incapaz o impedido de cumplir con las exigencias de la moda. Algunos le confieren más valor a lo material que a lo espiritual. Sobrevaloran la forma de vestirse, estar en la “onda”, aunque su aspecto sea irreverente, su cabello con colores y cortes extraños, la forma de expresarse chabacana y vulgar.

No escasean en estos tiempos los llamados chicos o chicas “plásticas”, remota referencia a la popular canción del panameño Rubén Blades, en la cual definía las aspiraciones de esos jóvenes cuyos objetivos son lucir bien, relacionarse con quienes consideran sus iguales, porque tienen una posición económica ventajosa, aunque resulten superficiales en su conducta.

No se trata de citar estereotipos y frases hechas, sino de llamar la atención sobre un asunto preocupante, el cual tiene alcance global, ya que la crisis de valores no solo afecta a nuestro país.

En la sociedad no pueden existir solamente transformaciones económicas, políticas, también resultan necesarias las de orden espiritual, tal como postulaba José Martí.

El impacto de la década de 1990, denominada Período Especial, sobre un segmento de la juventud cubana, trajo consigo la disminución y poco desarrollo de la conciencia de igualdad; problemas en cuanto a la socialización, deterioro en los valores, así como falta de motivación para la continuación de estudios.

Muchas familias fueron más pasivas ante actitudes transgresoras de los hijos, quienes en ocasiones optaron por la deserción escolar y la búsqueda de ganancias fáciles en lo que se presentara.

El alejamiento de las relaciones de labor productiva lleva a no valorar el trabajo de las personas, el costo de la vida y de los bienes de consumo, e implanta la regla de la “ganancia fácil”.

Los propios padres son, muchas veces, quienes favorecen esa tendencia al querer ofrecer a sus hijos aquello que, en términos de consumismo, ellos no tuvieron en su juventud.

Por estos días no son pocos los jóvenes para quienes la noche se ha convertido en su símbolo por excelencia: es el espacio “sin tiempo”, reloj y horario; es la zona de la libertad sin disciplina y ni exigencias externas.

Así se les puede ver en plazas o sitios urbanos donde muestran sus extravagancias, se suman a grupos con iguales características en cuanto a proyección social y hacen caso omiso de normas de urbanidad establecidas desde antaño.

Otros aprovechan las altas horas nocturnas para escandalizar en sitios públicos, tomar el ómnibus y ofender al chofer y a los viajeros, así como para manifestarse con violencia en la calle.

Pero ante tales actitudes bien vale recordar que la ética empieza cuando el hombre es capaz de aceptar cómo “no todo le da igual”. La vida humana es elección permanente, hagamos de la formación de valores parte del quehacer propio, de la familia y la sociedad en su conjunto.

María Elena Balán Sainz

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